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Gilles de Rais

Gilles de Rais

“Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes –niños y niñas- y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos –aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto- y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados”.

Con apenas 20 años, Gilles de Laval, barón de Rais, era ya un joven de atractiva elegancia y sorprendente belleza. Había recibido una esmerada formación intelectual y militar que lo llevó a tomar lugar al lado de Juana de Arco como primer teniente a favor de su amigo el rey Carlos VII.

Descendía de una de las familias más ricas y poderosas de Francia, y a los once años había heredado una de las mayores fortunas del país, que se había incrementado tras casarse a los dieciséis años, con su prima e inmensamente rica, Catalina de Thouars, un matrimonio de conveniencia que termino marcando su vida.

En aquel momento con una niña recién nacida y siendo uno de los nobles más ricos de Europa, su vida era normal.

Junto a Juana de Arco combatiría en las más memorables batallas de la Guerra de los Cien años. La toma de Orleans y en Reims donde el rey lo distinguió por sus méritos en el combate como Mariscal de Francia. Pero su vida dio un giro radical, justo en el momento en el que el poder y la fortuna parecían sonreírle un acontecimiento trágico truncaría su camino, y esta vez, lo marcaría para siempre… La captura y posterior ejecución de Juana de Arco seguida de la de su abuelo, Jean de Craon, le dejaron definitivamente sin ningún apoyo moral o espiritual. Tras el duro shock de haber perdido a la mujer que idolatraba en secreto, Gilles se separó de su esposa y se encerró en su castillo de Tiffauges, negándose a tener contactos sexuales con ninguna mujer.

Entonces comenzó una insólita carrera de crímenes y sacrilegios contra la Iglesia, pues trataba de desafiar a Dios por haber permitido que Juana fuese torturada y quemada.

Gilles de Rais, un temible infanticida

En muy poco tiempo dilapido su enorme fortuna familiar llegando incluso a practicar la alquimia con la esperanza de obtener oro para así poder sufragar sus gastos, aunque evidentemente aquello no funcionó. En aquellos años se rodeó de una extraña y grotesca corte compuesta por todo tipo de brujas, nigromantes, curanderos y charlatanes que no hicieron más que acrecentar las deudas que ya tenía, aunque fue un embaucador de origen florentino llamado Francois Prelatti quien le llevaría finalmente a lo más oscuro de su alma asegurándole que la magia negra que él dominaba, podría obtener un pacto con el mismísimo diablo que aseguraría para siempre su fortuna. Fue en este momento cuando la locura se apodero de él, avocándole a una carrera desenfrenada que le adentro en los más oscuros secretos del hombre.

Este personaje sentía una predilección malsana por los niños y los adolescentes, hasta el punto de que se atribuyó nada menos que la muerte de 200, aunque este número aumenta con cada investigación profunda del personaje.

Fue a partir del verano de 1438 cuando comenzaron a desaparecer algunos muchachos de la misma ciudad de Nantes, de los pueblos de los alrededores, ocurriendo la mayoría de dichas desapariciones, ocurridas cerca de la mansión del barón de Rais. También hacía entrar en su castillo a algunos de los niños mendigos que pedían limosna frente al puente levadizo, que eran retenidos contra su voluntad por sus servidores, violados y des-membrados posteriormente. Conservando la sangre y otros restos para propósitos mágicos.

El mismo Gilles contó en alguna ocasión como disfrutaba visitando la sala donde los chicos eran a veces colgados de unos ganchos. Al escuchar las súplicas de alguno de ellos y ver sus contorsiones, Gilles fingía horror, le cortaba las cuerdas, le cogía tiernamente en sus brazos y le secaba las lágrimas reconfortándole. Luego, una vez se había ganado la confianza del muchacho, sacaba un cuchillo y le segaba la garganta, tras lo cual violaba el cadáver. De nuevo el perfil de la necrofilia en un asesino en serie.

Gilles tras la comisión de los crímenes de vampirismo y necrofilia caía en un pesado sueño, casi en coma, hecho que no solo muestra este sanguinario personaje sino que se reproduce en muchos otros que también dormían después de atacar a los cadáveres, como es el caso de Henri Blot.

A la mañana siguiente no quedaba huella ninguna de su desenfreno de la noche anterior, sus sirvientes la habían limpiado. Pidió que le trajeran la cabeza y ante ésta, se arrodilló bañado en lágrimas y prometió reformarse. Acercó sus labios a la cabeza, la besó largamente y se fue a su cama llevándola consigo y diciéndole que muy pronto se reuniría con otras cabezas tan bellas como ella…

Uno de los mayores placeres de Gilles era tener las cabezas decapitadas clavadas ante su vista. Luego llamaba a un artista de su séquito, el cual ondulaba exquisitamente el cabello del niño, le enrojecía los labios y las mejillas hasta darle un aspecto de belleza impresionante.

Cuando tenía bastantes cabezas cortadas, celebraba una especie de concurso de belleza, en el cual sus amigos e invitados votaban sobre cuál era la más bella. La cabeza “ganadora” era dedicada a un uso necrofílico. Lo que aun estremece más por el hecho de que sus crímenes eran justificados por la gente que le rodeaba.

Finalmente en la primavera de 1440 Guilles de Rais cometió el error que le llevaría ante un tribunal de justicia. En su afán de satisfacer sus cada vez más desenfrenados de-seos de sangre y perversión intentó secuestrar a un joven monje de la iglesia de Saint Etienne de Mer Morte. Aquella acción provocó una fuerte reacción del obispado que le acuso de infanticidio, pactos con el diablo, actos contra natura y sacrilegio, esta situación sumada a los cada vez mayores “rumores” que rodeaban sus tierras y el pánico que sus súbditos mostraban ante su sola presencia, hizo que en septiembre de aquel mismo año fuera arrestado y encarcelado en el castillo de Nantes hasta la celebración de su juicio.

 

El 13 de septiembre fue detenido en su el pueblo de Machecoul por un grupo de soldados, que hallaron en su propiedad los cuerpos despedazados de 50 adolescentes. El duque de Bretaña le hizo compadecer ante la justicia acusado de haber asesinado e inmolado entre 140 y 200 niños en prácticas diabólicas.

Se le infligieron todo tipo de torturas para obligarle a confesar sus crímenes, que se obstinaba a negar pese a las evidencias, pero fue sólo la amenaza de la excomunión lo que le indujo a hacerlo detalladamente.

Después de las primeras audiencias donde se mostró despectivo e indiferente ante el tribunal, finalmente decidió confesar todos sus terribles actos. Confesó haber asesina-do a más de trescientos niños, haber arrancado su corazón y sus vísceras así como diferentes partes de su anatomía por puro placer, así mismo indico haber cometido con ellos el pecado de “sodomía” antes y después e incluso durante la muerte de sus víctimas. Las confesiones de Guilles alcanzaron cotas de inimaginable terror evitándose publicarlas de manera íntegra para de ese modo evitar el horror de aquellas palabras.

Al amanecer del 26 de octubre fue llevado a un descampado junto con dos de sus más destacados cómplices para ser ahorcado y quemado en la hoguera. En el patíbulo manifestó públicamente su arrepentimiento, instando a todos los presentes a no seguir su ejemplo y pidiendo humildemente perdón a los padres de las víctimas. Murió aferrándose desesperadamente a su fe cristiana.

“Yo soy una de esas personas para quienes todo lo relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo… Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla”

Y recordar “Quien olvida su historia, está condenado a repetirla”, hasta el próximo día amigos.

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Antonio de la Peña

Antonio de la Peña

Un investigador, escritor, experimentador y no se sabe cuántas cosas más que comenzó a escribir desde niño y que, con pasados los 20 años, comienza a colaborar con diversos medios escritos que culminan, en octubre de 2005, cuando acaba su primera novela “Ancestros de sangre” que no publicó.

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